LAS COMPETENCIAS BÁSICAS DEL CURRÍCULUM Y LA ATENCIÓN A
LA DIVERSIDAD
Jesús Domingo Segovia y Juan de Dios Fernández Gálvez
Universidad de Granada
1. Reflexiones previas. A vuelta con las
competencias básicas
Vivimos en contextos cada vez más multiculturales y plurales y es cada
vez más evidente que los tejidos social y educativo están marcados por una
heterogeneidad estructural creciente. Según esto, el mayor desafío de nuestra
sociedad está en aprender a vivir en un mundo de interconexión entre gente
diversa. En este marco de complejidad creciente son evidentes, de una parte, nuevas
posibilidades de crecer y ser, si somos capaces de encontrar respuestas
creativas y justas, entre las diversas maneras de percibir, comunicarnos y
vivir. Pero también se da el riesgo de acrecentar la fractura social y
educativa entre la población integrada y la perteneciente a bolsas de dependencia
o que vive en zonas de exclusión, vulnerabilidad y olvido.
Para comprender el mundo de hoy, es preciso ubicarse en un nuevo
paradigma cultural (Touraine, 2005). La clave está en cómo hacer frente a esta
nueva situación reflexionando sobre esta pluralidad y diversidad sin caer en el
diferencialismo ni el universalismo y cómo hacer para que esta
neutralidad y tolerancia no se convierta en un irresponsable laissez fair o cómodo asistencialismo.
El
imparable proceso de democratización y diversificación de la sociedad, reclama
la emergencia de planteamientos mucho más inclusores (Ainscow, 2001), de
presencia y participación activa. Empiezan a manifestarse algunos
planteamientos críticos que requieren nuevos marcos comunes, en los que la
diferencia no implique desigualdad, y se camine dentro de parámetros de
interculturalidad construidos sobre mínimos comunes imprescindibles para todos
como marco común de una nueva ciudadanía (Bolívar, 2008). A lo que hay que
sumar la pérdida de la ingenuidad, puesto que “una ciudadanía devaluada puede perder la capacidad de unirnos unos a
otros” (García, 2007, 250).
Vivimos en una sociedad plural y democrática y damos por supuesto el
carácter democrático de la educación, la inclusión y la interculturalidad; pero
ésas son obviedades que necesitan ser revisadas. En el momento actual llegamos
a la plena escolarización, luego el reto de la educación pública debe situarse
en el reconocimiento de esta pluralidad y sus circunstancias, para dar un paso
más y pasar del “estar o vivir junto a”, a “convivir e interactuar con” para
“armar la sociedad” de todos y para todos. Tal vez, de lo que se está hablando
es de reorganizar todo hacia parámetros más plurales y justos, evitando tanto el
sesgo cultural como el academicista en la educación y ofreciendo un marco
(social, curricular e institucional) alternativo, amplio e inclusor (Barton,
1998, 2008; Karsz, 2004; Ainscow, 2001).
Se demandan respuestas nuevas
y creativas y la escuela debe tomar opción por una educación de calidad,
inclusión, equidad e interculturalidad, que apuesta por un determinado tipo de
ciudadanos y de sociedad del mañana, más justa y equitativa a la par que plural
y con una sólida y digna base común que haga de núcleo aglutinador de la
sociedad más allá del territorio o la economía.
El
concepto de ciudadanía incluye la idea de ser y formar parte activa, más allá
de la presencia o la tolerancia y supone acciones específicas para desterrar la posibilidad de ningún
tipo de exclusión. Abarca cuestiones relativas a los derechos y las
obligaciones, pero también ideas de igualdad, diversidad y justicia social; así
como a unas competencias para actuar y en un espacio público en el que las personas pueden actuar
juntas (O’Shea, 2003)
Para ello es preciso educar a la ciudadanía (Bolívar, 2008; Escudero y Flecha, 2005) en un marco de educación pública de calidad (Domingo,
2003), que posibilite el aprendizaje
experiencial con otros de la ciudadanía (González, 2008) y
promueva lazos, interrelaciones y un cuerpo común de aprendizajes básicos
imprescindibles para todos (Col, 2006). Estos elementos son los que componen
las bases de un currículum intercultural o democrático (Guarro, 2002), junto
con las vivencias y dinámicas cotidianas para practicar y aprender haciendo
ciudadanía en el seno de la sociedad y de la institución educativa (tanto sea
formal, informal o no formal).
Desde
que la OCDE (1995) comienza a promover la sociedad del conocimiento, va
emergiendo la idea de buscar una educación para todos que satisfaga las
necesidades básicas de aprendizaje para todos. Y, con ello, comienza todo un
proceso que va retomando y reconceptualizado el constructo “competencias
básicas”, hasta concluir en la propuesta común del espacio europeo. Los
trabajos de Rychen y Salganik (2004 y 2006), para definir y seleccionar
competencias fundamentales para la vida (DeSeCo), la revisión comparada que
coordinan Luengo, Luzón y Torres (2008) sobre las reformas educativas basadas en el enfoque
por competencias o el trabajo de acercamiento a la escuela
propuesto por Bolívar y Moya (2007), sobre su implicación en la cultura
imprescindible de la ciudadanía y sus abordajes educativos son esenciales para
entenderlas.
Como se sintetizaba en otro momento (Domingo y
Barrero, 2010), Las competencias clave o básicas (fundamentales) necesitan
necesariamente del logro de los aprendizajes indispensables y con ellas se garantiza
a todos estos aprendizajes. Así, son las herramientas necesarias que un
individuo necesita para poder aprender a lo largo de toda la vida. Capacitan al individuo para que utilice todo
su saber, sus habilidades y sus recursos personales, sociales y contextuales
para desenvolverse cotidianamente en la sociedad donde vive. Suponen una puesta
en valor de la utilidad de los aprendizajes para la resolución de problemas
reales más allá de los puramente académicos. Por lo que se buscan nuevos
encajes entre los que son competencias y cómo construirlas, desarrollarlas y
evaluarlas en el ámbito educativo (Bolívar y Moya, 2007; Rey y otros, 2003; Perrenoud, 1999).
En
este marco, había que redefinir un zócalo común de aprendizajes fundamentales y
de competencias básicas que aseguraran un espacio común para ser, participar y
convivir con posibilidades de éxito, inclusión y dignidad en la sociedad, más
allá de las diferencias legítimas en una sociedad plural y democrática. Como
define el prólogo del documento sobre “Socle commun” francés (MEN, 2005) se afirma que esta sobre “base común” se
asienta la ciudadanía intercultural y la sociedad, y debe ser el principal
instrumento en el que asegurar el desarrollo de competencias básicas para la
educación y el aprendizaje a lo largo de toda la vida y pilar desde el que
construir la educación intercultural de la ciudadanía.
Y
aunque conciernen a todas las áreas de currículum, no son transversales (Rey,
1996), sino que son el nuevo núcleo duro, el pilar sobre el que gira la nueva
educación básica. Y se desarrollan prioritariamente situaciones de integración
(Roegiers, 2007) o de currículum integrado. El concepto de competencia es así un
pilar del desarrollo curricular y una fuerza motriz para el proceso de cambio,
pues es una apuesta destacada por un aprendizaje racional (Braslavsky, 2004).
Se
trata de un esfuerzo por compatibilizar un núcleo común (aprendizajes
imprescindibles, competencias básicas de ciudadanía y unos valores sustentados
en una ética cívica) con el reconocimiento de las diferencias tolerables, sin
hipotecar el futuro. Esto implica, siguiendo a Pérez Gómez (2007) otra forma de
ver y afrontar el currículum escolar, sin bajar el nivel ni desechar contenidos
y una nueva oportunidad para repensar y recuperar, desde nuevos enfoques,
viejas buenas prácticas. Así las cosas, su puesta en práctica lleva implícita
tres consecuencias:
1) diferenciar
el currículum básico “imprescindible” del “deseable”; para hacerlo más
racional, tener criterio de acción y saber seleccionar para atender a la
diversidad;
2) apostar
por una metodología focalizada en el aprendizaje y el reconocimiento de la
utilidad del desempeño de tareas globalizadoras interdisciplinares en clase; y
3) desligarse
de una extendida idea de que la clave está en la programación por competencias,
para aferrarse a procesos de reflexión y trabajo, para conquistar el sentido
(Fullan, 2007) buscando en las “buenas prácticas docentes”, referentes y
situaciones que sirvan para aproximarse al desarrollo de estas competencias.
La
definición de los conocimientos fundamentales no implica en absoluto que haya
que conformarse en la educación básica y obligatoria con estos conocimientos.
Se ha de partir de la lógica del máximo aprendizaje, pero garantizando para
todos esta base común (Bolívar, 2008). La primera parte de la propuesta es
obvia y coincidente con la cultura profesional imperante, pero precisamente es
la segunda dimensión la que nos reta más abiertamente. ¿Cómo garantizar los
aprendizajes imprescindibles y las competencias básicas en un abanico de
diversidades tan amplio? Especialmente en aquellos que tienen discapacidad o
están en situación de riesgo de exclusión, fracaso, dependencia más allá de la
imprescindible… ¿Hasta qué nivel de logro? ¿En qué condiciones?...
Los
desarrollos normativos centrales y autonómicas que la desarrollan reparan en
ello e instan al necesario cambio organizativo, curricular y profesional para
hacer efectiva dicha propuesta. Se han dado pasos decisivos, tanto desde la
propias Administraciones Educativas, como por centros y colectivos -como el
nuestro, ver http://www.proyectoatlantida.net
-, que están empezando a dibujar unos primeros nortes sobre el sentido y la
práctica del trabajo de estas competencias básicas en el currículum. Pero el
tema que nos ocupa necesita de un nuevo abordaje, distante de las propuestas de
las reformas de la diversidad que se sustente en las buenas prácticas de
atención a la diversidad, que han ido virando su orientación desde la
integración a la inclusión desde una perspectiva de buena educación para todos (Armstrong y otros, 2009), desterapeutizando la escuela y la
educación.
La
cuestión es compleja y está cargada ya de avisos a navegantes. No valen
respuestas técnicas ni descontextualizadas, y más que una propuesta cerrada son
procesos y líneas gruesas para avanzar en el desarrollo de estas competencias
básicas para todos; por lo que necesita mucho sentido común profesional y en
las prácticas de apoyo (Domingo y Fernández, 2009).
En un primer momento pudiera parecer que la
propuesta de un currículum básico común en un marco de normalización entra en
contradicción con la Declaración de Salamanca (1994), que es el
documento oficial de mayor impacto en las políticas educativas de diferentes
países. En ella se establece que las
escuelas deben ser inclusivas para aumentar posibilidades y esperanzas, al
tiempo que denuncia que el fracaso es en gran medida consecuencias de la mala
calidad de la enseñanza. Hasta aquí todo correcto. Pero continúa con un elemento
para el debate al señalar que una de las causas del fracaso se encuentra en “la
mentalidad de que lo que sirve para uno sirve para todos” (p.7). ¿Pero a qué
“igualdad” curricular se refiere?.
Si se toman en consideración las fuentes y los
desarrollos posteriores de esta Declaración, tanto desde la UNESCO (2008) como
desde las propuestas de avance en calidad y equidad (Perrenoud, 1990; Dubet,
2005; Ainscow, 2005; Armstrong y otros, 2009; Poizat, 2006), queda claro que lo que “no sirve” se refería a uniformar en base al
currículum y las prácticas uniformizadoras y academicistas tradicionales en la
escuela. Pues, al tiempo que denuncian estas prácticas, se apuesta
decididamente por una buena “educación para todos”, que enfatiza la
educación y la escolarización desde una
premisa de justicia y equidad (Rawls, 2002)- lo hace garantizando un mínimo
común de aprendizajes y competencias fundamentales para todos (Bolívar, 2008; Meuret, 1999; Meunier, 2005). Y, en ello no conviene olvidar que no
se hace esta apuesta pensando “mercantilistamente” en quienes tengan que
competir, ni “remedialmente” en los que no pueden competir, sino en todos y
como garantía para asegurar unos fundamentos y unas posibilidades básicas para
ser ciudadano.
Para asegurar el
derecho común a una ciudadanía diferenciada e igual en derechos sería necesario
articular nuevos escenarios de visibilidad y participación desde la justicia
y la dignidad, pero también concertar un currículum básico común, un
cuerpo común desde el que armar la “nueva
ciudadanía intercultural”. Y ello no debe surgir desde posiciones de
desigualdad, sino desde un acuerdo o “razón
mestiza” nacida del concierto, el acuerdo, la argumentación y el diálogo
sin prisas para depurar lo imprescindible para ser, estar y convivir en
condiciones de justicia, de dignidad y de posibilidad, comprometiéndose con
ello (García, 2007, 247).
Si se
habla de ciudadanía, es porque implícitamente se está estableciendo una
relación entre discapacidad y derechos humanos (Morales, 2006). La cuestión del
reconocimiento, más que situarla en el plano de la autorrealización, el
asistencialismo o la tolerancia, debe ser reconducida al ámbito de la justicia
social. Y con ello se dan pasos en la revolución aplazada: “la de los derechos
cívicos y de una ciudadanía para todos” (Flores d’Arcadis, 1998). Pero si se
les niega a estas personas o colectivos oportunidades de aprender cosas nuevas
y estructurantes para vivir dentro de su comunidad y poder aprender a lo largo
de la vida, esta falta de oportunidades es ya de por sí incapacitante y
frustrante (Armstrong y otros, 2009).
La
inclusión, supone un nivel mínimo de instrucción para todos
(OCDE, 2007, 2). Así las cosas, y planteada la cuestión de la “igualdad de
capacidades de base”, que defendiera Sen (1995), o “renta educativa fundamental”,
debería constituirse por un conjunto de conocimientos y de competencias cuyo dominio
es imprescindible para llevar a cabo con éxito la escolaridad, proseguir la
formación, construirse un futuro personal y profesional y salir adelante en la
vida en sociedad. Las competencias básicas suponen determinados aprendizajes
fundamentales que han de adquirir todos los ciudadanos, pero especialmente los
que están en situación de vulnerabilidad o riesgo, pues sin ellos no podrán
sustentar ni acelerar futuros aprendizajes. En definitiva, sin ellas no se
garantiza ni el éxito ni la ciudadanía real y auténtica.
En
este punto de reflexión y debate sobre el currículum de la educación básica, como
defendiera Coll (2006), es conveniente distinguir, entre lo
básico-imprescindible y lo
básico-deseable. Lo
básico-imprescindible hace referencia a aquellos aprendizajes que, en caso
de no llevarse a cabo, condicionan o determinan negativamente el desarrollo
personal y social del alumnado afectado, comprometen su proyecto de vida futuro
y lo sitúan en una situación de claro riesgo de exclusión social. Lo básico-deseable, por su parte,
remite a los aprendizajes que, aún contribuyendo significativamente al
desarrollo personal y social del alumnado, no lo condicionan o determinan
negativamente en caso de no producirse; además, son aprendizajes que pueden ser
"recuperados" sin grandes dificultades en otro momento. Y en el tema
de las competencias básicas, puesto que obviamente son las mismas para todos
los niveles y etapas, la cuestión clave estaría en saber también establecer,
graduar y adecuar niveles de logro de cada competencia.
De
este modo, en un continuo de niveles en función de los imprescindibles, la
atención a la diversidad está en el nivel de complejidad, no en la competencia.
Lo que resulta fundamental para ajustarse y atender a desarrollos lógicos y
posibles según la diversidad de capacidades, contextos y circunstancias que se
den en clase. De otra parte, permite descentrar la mirada de los contenidos para
centrarse en los estudiantes y en sus potencialidades de aprendizaje.
Booth
y Ainscow (2002), refiriéndose al trabajo en contextos de inclusión y para la
misma, señalan que es fundamental que en la práctica se asegure que las
actividades en el aula y fuera de ella promuevan la participación del alumnado,
se tenga en cuenta su experiencia y conocimiento adquirido tanto en la escuela
como en otros ámbitos y se promocione un aprendizaje transferible y útil. Lo
que perfectamente asumible desde la llamada al desarrollo de competencias
básicas para todos, incluido en este todos quien tiene discapacidad o riesgo de
fracaso y exclusión- en torno a tareas que respondan a problemáticas y
situaciones de la vida cotidiana, no escolarizadas.
Por su parte, Wang (1999, 242) señala que practicar la atención a la
diversidad supone buscar alternativas más eficaces que las habituales para la
innovación, realizar cambios para organizar mejor la innovación, hace muy pocos
cambios y busca modelos para dejar de usar las rutinas, y cuando los realiza lo
hace con el fin de mejorar resultados, no por probar, implica una línea de
perfeccionamiento y realiza esfuerzos deliberados para coordinar con otros la
realización de la innovación, estaba adelantándose a estas metodologías y las
buenas prácticas que le den soporte. Luego, a la inversa, la inclusión en
el aula de potentes planteamientos organizativos y metodológicos abre nuevas
puertas en
la nueva reconceptualización de la adaptación curricular para el logro de
competencias (Domingo, 2008). En una conferencia en Toronto, el
profesor George Dei señalaba al respecto que la inclusión no es poner a uno en
lo que ya existe, sino más bien crear para cada uno un lugar propio con
potencialidad de desarrollo.
3. Qué pueden aportar y en qué va a beneficiar las competencias
básicas a la educación inclusiva y al desarrollo de la ciudadanía auténtica en
personas con discapacidad o riesgo de vulnerabilidad y exclusión
Como denuncia Ainscow y Wel (2008), en circunstancias de complejidad,
diversidad y discapacidad, parte del profesorado considera a estas personas y
colectivos como inenseñables. No son pocos los que no creen en ellos y tiran
las expectativas. Los resultados de los informes y evaluaciones parecieran
darles la razón. Pero las buenas prácticas se empeñan en reincidir -entre otras
variables- en claves como escuelas democráticas e inclusivas en las que cambiando
metodologías, dinámicas y formas de organización, trabajando juntos, con otro
tipo de liderazgo y visión pedagógica, ampliando escenarios
(escuela-familia-comunidad y utilizando los recursos de la educación formal-no
formal e informal) y haciendo una buena selección del currículum, obtienen
resultados bien diferentes (VV.AA. 2002; López y Zafra, 2003; ver “buenas
prácticas” en el CD Atlántida adjunto). En este punto habría que analizar qué
grado de correlación y compatibilidad existe entre estas propuestas y el logro
de competencias básicas y prácticas de vivencia positiva de la ciudanía. Este
debe ser un nuevo reto Atlántida, que empezamos a asumir desde el Seminario
Atlántida de Granada.
Mientras cada cual realiza su propia reflexión argumentada, pueden
ayudar al debate algunas aportaciones llegadas de diversos lugares. La
primera y más clara, viene dada por los propios argumentos de Eurydice (2002) y
DeSeCo (Rychen y Salganik, 2004, 2006), así como por las recomendaciones del
parlamento Europeo sobre las competencias clave para el aprendizaje permanente (2006/962/CE)
al definirlas como factor de calidad y recomendar que se garanticen para todos
y se tomen medidas adecuadas con respecto a los jóvenes que por su situación de
desventaja necesiten apoyos especiales. Ello está teniendo amplio eco en
diferentes contextos -especialmente francófonos (Bélgica, Canadá o Francia)-,
que viene también a sumar nuevos ejemplos y alegatos.
Así por ejemplo, antes de la generalización del discurso de las
competencias básicas en la escuela, Rey (1996) y Letor y Vandenberghe (2003,
planteaban tempranamente el debate, aún vigente de cómo se avanzaba más en
equidad, si mediante el dominio de competencias básicas o si se hacía mediante
contenidos y métodos tradiciones. En nuestro contexto también está abierto el
tema y no son pocos los que dudan de ellas y piensan que supondrán una bajada
de contenidos que terminará por perjudicar a todos y a acentuar desigualdades. Mientras
que los alegatos a su favor suponen que este enfoque lo que genera es una
apertura del currículum y una reactivación de la enseñanza que valora la
actividad cognitiva del alumno, la interacción y la mediación en el aprendizaje
y da lugar a otros aprendizajes más útiles y transferibles, como herramientas
para aprender a lo largo de toda la vida.
Son
varios los autores que, a nivel general afirman positivo el impacto
especialmente en lo relativo a ciudadanía y equidad (Demeuse y otros, 2005; Bolívar, 2008); pero
también en una nueva vía para experiementar la innovación y la mejora (Bosman y
otros, 2000). Así, Rogiers (2008, 32), uno de los autores referentes en el
tema, señala que la introducción de las mismas en las aulas ha dado lugar a
mejoras incuestionables en el rendimiento de los estudiantes, especialmente en
términos de relevancia, eficacia y equidad.
Tras su investigación sobre el tema, Letor y Vandenberghe(2003),
concluyen que existe una amplia disparidad de resultados en función de
contextos y otras variables, que bien pudiesen ser identificadas como las
características de lo que hemos venido a llamar “buenas prácticas” de educación
inclusiva. Afirman que sus resultados no contradicen la pertinencia y utilidad
del trabajo de estas competencias básicas para:
·
movilizar conocimiento en su
contexto, hacerlo significativo,
·
hacer de palanca que media el
aprendizaje e involucra a estudiantes en los procesos mentales superiores que
debe poner en funcionamiento y que antes eran explícitos
·
utiliza competencias comunes y
situaciones familiares junto a aprendizajes estructurantes clave,
·
produce un proceso de aprendizaje
más significativo y abierto a otros contextos
A modo general, la adquisición de las Competencias Básicas por el alumnado será el
indicador de que se ha conseguido transformar los “contenidos” en
“conocimiento”, superando así la ruptura existente en el proceso de aprendizaje
por la fragmentación del conocimiento y el trabajo rutinario que generan los
textos escolares, que da lugar a que gran cantidad de contenidos caigan en el
olvido sin que se incorporen a los esquemas de conocimiento del alumnado. De este modo, han de servir además para:
•
Reflexionar sobre la forma en que se enseña,
ver si favorece que lo que aprende y lo sepa aplicar más allá de los ejercicios
escolares.
•
Ser explícitos en los procesos,
a centrarnos en ellos, y no solo en los productos finales.
•
Fijarse más en lo que aprende este alumnado, si son
capaces de aplicarlo y si lo hacen adecuadamente según el contexto y tarea. Lo
importante es el aprendizaje y su utilidad práctica para que resuelvan
situaciones problemáticas en contextos no escolarizados, la planificación de la
enseñanza es necesaria pero no suficiente.
•
Fijar diferentes niveles de dominio en los
aprendizajes, a
secuenciarlos a lo largo de la etapa, a lo largo de la enseñanza obligatoria.
•
Cambiar los ojos con los que corregimos, las
palabras que utilizamos en las correcciones… y cambiar la evaluación.
Y
más específicamente, el enfoque de competencias
puede aportar un nuevo escenario
profesional para al aprendizaje del alumnado con N.E.A.E. en el que sería
necesario:
•
Determinar lo básico a aprender y a aplicar. Así
centrar sus no sobradas posibilidades en lo básico y fundamental.
•
Enseñar explícitamente al alumnado a movilizar sus recursos
personales (conocimientos, actitudes, destrezas…) para
lograr el éxito en una tarea en un contexto definido y a aplicarlos
ante nuevas tareas en nuevos contextos.
•
Hacer consciente y explícito lo que ahora es
invisible (difícil de ver) en
los centros y las aulas para este tipo de alumnado. Enseñar
explícitamente lo que otros “adquieren” por estar en la escuela y sus contextos
sociales son adecuados y tienen por tener buenos niveles cognitivos.
•
Concretar el trabajo en tareas explícitas, que van a
facilitar que encuentren sentido a lo que aprenden, y les va a facilitar que
se motiven y que afiancen los conocimientos.
Las
decisiones sobre qué enseñar y cómo enseñar, dependen no sólo de cómo aprenden los
alumnos, sino también de la educación y la escuela que queremos, de la
finalidad que perseguimos cuando educamos. (Pujolàs, 2003, 3) y eso lleva
implícito responsabilidad social y posicionamiento ético, no sólo rutinas para
desarrollar lo programado.
4. Abriendo
ventanas a nuevos vientos, repensar
prácticas y sus consecuencias
En este
punto de debate nos asaltan algunas otras reflexiones no específicas sobre
competencias básicas que pueden dar algo de luz de hacia dónde proponemos hacer
virar el debate. Nos referimos a:
4.1. Cambiar la
práctica ordinaria con enseñanzas mecanicistas, academicistas, centras en el
producto, parcializadas…
Para entender un poco el cambio de enfoque hay que situarlo
correctamente. Si tenemos la generación que más cosas sabe y con el 100 % de la
población escolarizada, escolarizada cómo es
posible tan altos índices de fracaso escolar, tan bajos resultados en competencias
(la juventud que más ha aprendido y menos conocimientos ha
consolidado) y una atención a la diversidad bastante
distante a lo que nos demandan estos colectivos. Podríamos decir que vamos
muriendo de éxito y algo no termina de marchar bien.
Si reparamos un poco en ello vemos como la sociedad y la escuela del
“ser” están aún muy lejos y lo común es valorar el “tener”. Así las cosas lo
importante parece ser que es coherente primar la cantidad (hacer, terminar,
correr, alcanzar…) a la calidad (aprendizajes interrelacionados, lentos y
profundos)
Ello ha llevado aparejada una atención a la diversidad y una educación
especial en esos mismos parámetros. Si el niño ordinario tiene que saber muchas
cosas (que ya utilizarán) y se trata de llenar el cajón, pues el niño de
especial lo mismo, pero que en su cajón caben menos. Si se está enseñando
repetitivamente…, pues a estos chicos y chicas aún más repetido y haciendo lo
mismo pero más despacio. Hacer más cuentas, fichas…
Se ha dado un avance muy grande en la importancia que le damos a la
atención a la diversidad que no se ha visto acompañado con cambios
metodológicos y curriculares acordes a tales filosofías. Con lo que se llega,
en el mejor de los casos, a un adiestramiento, no hacia un desarrollo de condiciones
y competencias de ciudadanía y de aprender a lo largo de la vida.
Hay que reparar entre la diferencia entre aprendizajes aprendidos y
adquiridos. Entre los que les llegan de forma planificada y aquellos otros que
les da la vida y el contexto o elaboran por sí mismos. Por ejemplo, la
comunicación oral es adquirida, y la lectura, enseñada.
Si lo adquirido se hace o media en un contexto cultural rico, como
puede ser la escuela, adquiere mucho más. Y, así, genera mucho más de lo que
enseña. El alumnado de buenas capacidades y con contextos estimulantes, los
aprendizajes fraccionarios y académicos, son piezas que encajarán con otras
experiencias de aprendizaje y les llevará a ser competentes. Pero para los que
no, estos aprendizajes pueden llegar a ser absurdos si no se enlazan con la
vida y son entrenados para encontrar estrategias de enlace, selección, uso…
Las personas con discapacidad o riesgos de vulnerabilidad y exclusión,
muchas veces sólo pueden acceder a lo que se les enseña y proporciona, sin
pasar de ahí. La validez de tales aprendizajes se debe medir en capacidad para
que desde ellos se produzcan las competencias básicas. Si no los movilizan para
enfrentarse a la vida, de qué les sirven más allá de rellenar con mucho
esfuerzo lagunas.
Las personas con neae, por su
discapacidad o por los contextos y circunstancias en que se desarrollan, es
difícil que logren cosas significativas y útiles de gran nivel en contextos
educativos tradicionales. Para ellos se debería hacer explícitos los contenidos
y aprendizajes imprescindibles, las habilidades, las situaciones de aprendizaje
e interacción… Normalmente son “implícitas” en las dinámicas de clase y
educación, porque son adquiridas por sí solos en otro tipo de alumnado que no
tiene estas circunstancias de vulnerabilidad.
4.2. Revisar las
prácticas que generan alumnado apoyo-dependiente
Cada paso, cada aporte, cada vuelta de tuerca en la mejora de la
educación, ineludiblemente debería suponer un replanteamiento de la atención a
la diversidad. Al hablar de ella se ha pecado de ingenuos y –en no pocas
ocasiones– los procesos de escolarización, de apoyo y atención y de adaptación
curricular han servido más para justificar y perpetuar diferencias y
etiquetaciones y acallar conciencias, que para asegurar un justo equilibrio
entre equidad y calidad (Karsz, 2004).
Si nos centramos en atención a la diversidad para sacar adelante
aprendizajes y no atendemos para que además de ello lo saquemos en
socialización, estamos perdiendo una oportunidad de oro, y casi la única, de
que -tanto los sujetos con dificultades como del resto- aprendan a vivir juntos
y a hacer cosas juntas, interdependientes… en una sociedad que por definición
debería ser solidaria y diversa.
Si en el aula ordinaria y en el centro no garantizamos el éxito en
socialización para todos (unos y otros), estamos haciendo un flaco favor para
la verdadera integración social. Hacemos ver que aunque estén juntos, en
función de las capacidades y necesidades, unos y otros caminarán por caminos
bien distintos. Están adjuntos, pero no
juntos, por lo que se puede dar la paradoja de integrar para excluir
(Veiga-Nieto, 2001).
En la vida son muchas las situaciones que se resuelven mediante
estrategias, conocimientos, destrezas… que no se han enseñado expresamente, que
no se han aprendido en un proceso explicito de enseñanza. Son aprendizajes adquiridos en la interacción con otros,
en la interacción en el colegio o en otros contextos de la vida cotidiana. En
contraposición otros aprendizajes son
aprendidos en un proceso explícito de enseñanza, son muchos los
aprendizajes adquiridos propiciados por los aprendizajes explícitos.
En los centros educativos, qué duda cabe, además del aprendizaje
explícito, se generan muchas destrezas, transferencias de aprendizaje,
competencias… Pero esto no sucede a todo el alumnado. Sólo los más
inteligentes, interesados, con familias que les ayudan, con un contexto social
rico en estímulos… sí traspasan los aprendizajes concretos, “sí desarrollan
competencias”. En cambio el alumnado con
déficit social, inteligencia límite o discapacidad sólo aprende lo que aprende.
Ello nos ha de mover a reflexionar sobre nuestra práctica escolar.
Tras tanto esfuerzo para enseñarles (al alumnado medio o medio bajo) a
“leer mecánicamente y con comprensión literal”, para enseñarles a realizar
operaciones matemáticas, a resolver ejercicios-problemas mecánicamente, a saber
contenidos concretos de conocimiento del medio: ¿les capacitamos para resolver
situaciones cotidianas?, ¿para aplicar esos aprendizajes a sus relaciones
sociales?, ¿para adaptar la comunicación al contexto concreto?...
Un número muy importante de veces el resultado de nuestro trabajo de
enseñanza, con este alumnado, se convierte en aprenden a hacer actividades
rutinarias y vaciadas de significado para ellos, sólo para hacer bien las
actividades, para hacer el libro, para “acabar” los libros. Y, hablando en
términos de competencia, se genera alumnado “apoyo-dependiente”. Pan para hoy, hambre para mañana, o
repensar cómo estamos abordando la atención a la diversidad y qué efectos tiene
de cara a su competencia en autonomía integrada y capacidad de aprender a
aprender. Se puede comprobar, en la mayoría de centros, que el alumno o
alumna que permanece en apoyo más allá de 3º de primaria, le hemos incapacitado
para trabajar dentro del grupo ordinario, le hemos convertido en “apoyo-dependientes”. Esta reflexión nos
ha de llevar a centrarnos más en proceso que en productos, y a una enseñanza
explícita de “proceso”, con este
alumnado no podemos esperar a que los “adquieran en contextos naturales”.
4.3. Dificultades
de enseñanza o de aprendizaje
Conceptualizar y pensar en “problemas de enseñanza”
implica traducir los “problemas de aprendizaje” de los alumnos, problemas que
están ahí y hay que ver, en una dificultad que supone un reto profesional, que
cuestiona los procedimientos estandarizados de intervención y que me compromete
en la intervención. “No es pensar que
Rubén no aprende porque es Síndrome de Down, sino que, porque es síndrome de
Down tiene una forma especial de aprender y por tanto yo he de usar una forma
especial de enseñar. Es tener un estilo atribucional de locus de control
interno, asumiendo responsabilidades. Es
poner en entredicho todo el proceso de enseñanza seguido e hipotecar el que se
va a seguir. Los problemas de aprendizaje son parte del guiso, no son el guiso”.
(Fernández, 2000)
Como se ha destacado en otro momento (Cuomo, 1994), este giro
conceptual –aún por dar en gran medida- es mucho más que una retórica. Si
seguimos en la lógica de las dificultades de aprendizaje, no es mi problema,
bastante hago ya con adaptarme un poco –casi a modo de favor- para atender y
ayudarle a superar sus problemas. Perdiendo perspectiva hasta el punto de
olvidar frecuentemente el sentido de la educación y el contenido de la misma,
en torno a qué competencias y aprendizajes básicos debo garantizar para todos,
para quedar atrapados en un superar dificultades o rellenar lagunas
curriculares.
El currículum por competencias y el propio concepto, es una oportunidad
para dar más importancia al primer enfoque de que todos somos diferentes y
debemos alcanzar por caminos diversos niveles pertinentes y posibles de
educación. Si de verdad hacemos una programación para la consecución de
competencias y de verdad seguimos una metodología para que sea nuestro alumnado
con todas sus diferencias quienes construyan su propio conocimiento, entonces
la atención a la diversidad sí que tiene muchísima más cabida en el currículum
ordinario.
4.4. El derecho a
la diferencia sin riesgo de exclusión. Desde la lógica de la ciudadanía
“Entender la diferencia, más
que conceptualizarla, pasa por asumir que ella no es un estado transitorio, no
deseable y que será transformado por prácticas especiales hasta llevarla a la
integración social, en un nuevo reto por normalizar las condiciones de
igualdad. La diferencia debe ser reconocida y aceptada en su justa dimensión de
diferencia, sin ambigüedades ni hipocresías, sin etnocentrismos, ni discursos
colonizadores que pretendan cambiarla o modificarla hasta reducirla” (Morales, 2006, p.7).
Así
las cosas, unos aprendizajes radicalmente diferentes, más
útiles, versátiles, transferibles, para la vida y para seguir aprendiendo,
propios para una sociedad democrática y del conocimiento, puede ser un nuevo
caldo de cultivo en el que construir condiciones que minimicen las situaciones
de vulnerabilidad. Sobre ellos gravita la esperanza de que sean una posible vía
para acelerar aprendizajes y resultados en términos de competencias y como
alternativa a la ya denostada adaptación (Domingo, 2000).
El
nuevo planteamiento de competencias básicas viene también a situar a la
educación en la diversidad en la senda de la educación para la ciudadanía (Nóvoa, 2006; O’Shea, 2003; Barton, 2008; Field y
otros, 2007). Sin duda, puede ser una herramienta que dote de propuesta de
base sobre la que trabajar los avances políticos y teóricos en esta línea. Viene
a articular nuevos escenarios para repensar la educación, el currículum, los
contextos y las prácticas de enseñanza-aprendizaje desde una perspectiva "normalizada y procesual" de
interculturalidad, inclusión y participación auténtica, y puede suponer una
buena oportunidad para reparar en qué se hace en la escuela y qué consecuencias
tiene de cara al “buen aprendizaje” de todos.
Del mismo modo, supone un oír las voces de “los nadies” o los “sin voz”,
que demandaban dignidad, utilidad, presencia real (no formal)…, al tiempo que
exigían aprendizajes que les diesen herramientas para asumir su ciudadanía
desde la competencia y la posibilidad de éxito (escolar, personal, profesional
y social). Las competencias básicas, si llegan a estos colectivos, pueden ser
poderosos elementos para conquistar sus espacios por sí solos y romper las
cadenas ilustradas de la sociedad acomodada y paternalista. Y, desde esta nueva
situación reclamar con nuevos argumentos “nada
de nosotros sin nosotros”, sabiéndose y sentiéndose “reconocidos como iguales” pese a la diferencia al ser respetados,
escuchados y entendidos (Touraine, 2005).
4.5. Clarificar y
seleccionar el currículum
La clarificación del currículum connatural a la discriminación de tipos
de aprendizajes por su funcionalidad y transferibilidad y la gradación de los
mismos por niveles de complejidad es un gran paso en la continuidad del
currículum por la que hacer transitar la diversidad en su desarrollo. Es decir,
siguiendo la metáfora del supermercado, es una nueva presentación de contenidos
y experiencias de aprendizaje en paralelo para comprar en función de las
necesidades y posibilidades. Lo que habrá que tener especial cuidado es no
permitir elegir cualquier cosa a cualquier precio. Todo no vale. Por ello hay
que saber muy bien qué es lo que se tiene que comprar, para no llevarse nada
supérfulo y dejando olvidado cosas transcendentes. Se busca, además, que cada
sujeto al practicar colaborativa y con procesos de autorreflexión mediada o
colectiva elecciones, tenga capacidad dentro de sus recursos para tomar
decisiones acertadas, ahora y el futuro.
Muchas veces están los recursos, lo que falla es la capacidad de tener
experiencia y criterio para usar, elegir, medir… Muchos de estos chicos no
pueden hacerlo, unos por falta de capacidad, otros, de posibilidad,
entrenamiento o criterio. En la educación tradicional (especial o no) se hurta
esta posibilidad. La elección ya está en la programación y sólo se le hace
experimentar decisiones ya tomadas. Privación que exaspera tanto a quienes
tienen mentes libres y despiertas, pero que por vivir situaciones de riesgo o
de exclusión pudieran parecer abocados al fracaso, como a los que tienen
discapacidad, y también se les deja de trabajar y poner en situación la
posibilidad de tomar y asumir responsablemente sus propias decisiones.
Son dependientes y la formación que se les brinda habitualmente,
trabaja desde esa lógica de dependencia. O son independientes y reaccionarios,
pero les falta el criterio de actuar inteligente y convenientemente. O dependen
de ti, o pasan de ti y no les ayudamos a que sean autónomos. El tiempo se ocupa
prácticamente con tareas que en nada les hacen crecer en autonomía, criterio y
competencia. Mientras que enfrentándose (individual y cooperativamente) a
tareas que supongan que tienen que movilizar sus capacidades para resolver
situaciones y conflictos reales sí lo hacen. En este caso es que no pueden ir a
lo segundo sin períodos de entrenamiento de rutinas y verbalización de
habilidades, como habilidades pre-requisitas que se deben asegurar entre los
espacios y tiempos escolar.
El giro de filosofía de educación para que sea útil, para tomar
decisiones, para ser autónomos y con iniciativa, para ser competentes en
cuestiones básicas, está marcando otro norte. En el fondo se trata de una
metodología nueva que beneficia tanto a los que tienen necesidades específicas
de apoyo educativo como a los que se bastan con las generalistas, pues estos
últimos pueden avanzar por los vericuetos de la creatividad y del amplio
abanico de los aprendizajes deseables..
4.5.1. Diseñar la vida, la escuela y el currículum de otro modo:
la parábola del banquete
No pocas veces se entiende que con tener medios,
recursos y estar, ya son, y eso dista de la realidad. La promoción humana de
las personas con discapacidad no se reduce solamente a asegurar determinadas
prestaciones, sino que tiene que ver con otros múltiples factores personales,
sociales, laborales, emocionales, físicos, políticos (presencia, participación,
derecho a ser diferente y hacer oír su voz…). Todo esto implica un cambio
fundamental en la consideración o valoración de las personas con discapacidad: 1)
mirada positiva sobre ellas; 2) consideración de sus capacidades y de las
adaptaciones sociales para que dichas personas puedan acceder a todos los
ambientes y en todas las circunstancias; y 3) apoyos necesarios para que puedan
expresar su parecer y sus dones.
En este punto es especialmente significativa la
parábola del banquete descrita por Pujolàs (2003) para definir las situaciones
que se ofrecen en la escuela hacia las personas con necesidades específicas de
apoyo. Según ésta, una escuela inclusiva es aquella que
adecua el “menú general” para que todo el mundo pueda comer de él, para que sea
un currículum común válido para todos y sabroso; no que ofrece menús especiales
o que los niega. Esta es la idea del zócalo común, currículum básico y
aprendizajes imprescindibles para todos. Mientras que también se tienen que
ofertar en el banquete otros manjares deseables para que sea posible la idea de
máximos aprendizajes.
4.5.2. Trabajar por tareas con un currículum integrado
Como para llegar a ser competentes no vale cualquier tipo de contenidos,
ni de metodología… implican el trabajo por tareas y de prerrequisitos para las
mismas (que desarrollaremos seguidamente), que implican, de una parte, nuevas
formas de adaptación curricular, más democráticas y orientadas a construir
pilares y basamentos, no en llenar lagunas y seguir la estela de los que sí
pueden con el currículum normalizado; y, de otra, nuevos escenarios de
presencia, visibilidad, colaboración, participación… auténticas.
Las tareas son tan ricas como queramos, y permiten tal grado de
variabilidad en cuanto a complejidad, escenarios, posibilidades… que admiten
accesos diferenciales al currículum imprescindible, muchos de ellos pertinentes
como vías de inclusión y normalización.
Para resolver tareas y ser competentes, lo importante es llegar a
soluciones razonables, no necesariamente seguir determinados pasos y con unos
contenidos cerrados. Se puede ser competente a distintos niveles en una misma
situación, como también se puede ser incompetente teniendo todos los recursos
en la mano. Así las cosas también aporta flexibilidad al tiempo que abre nuevos
criterios de evaluación. Ya no se mira tanto cuántos productos y cuáles son los
utilizados (eso es un valor añadido), sino que esté cubierto el abanico de
necesidades y la elección sea pertinente para lo que se pretendía conseguir
(cubren necesidades y son funcionales). Para ello no vale cualquier
metodología.
Las tareas de aula o proyectos, son el punto de encuentro para que
destrezas y habilidades adquiridas en cualquier contexto los socialice, los
demuestre, los integre y se le valoren en el contexto global de aprendizaje
escolar. Cosa que ahora mismo no es posible y sólo se le valora lo
académicamente valioso u obtenido con esta finalidad. Metodologías y currículum
excesivamente academicistas dificultan en exceso o imposibilitan la
transferencia o lucir otras competencias de la vida (adquiridas fuera de lo
estrictamente escolar). Mientras que el poner en juego estrategias y oportunidades
de aprendizaje amplias que lleven implícitas la validez de lo adquirido por
otras vías (como confirmación o contraste), facilita la pedagogía de la
creatividad, esfuerzo, transferencia, colaboración, crítica…
4.5.3. Revisar la filosofía de la adaptación curricular:
La metáfora del mercado
Todos somos diferentes y, por tanto, debemos concebir una escuela en la
que todos podamos vivir juntos de manera productiva para todos. Aunque, como no
todas las diversidades conllevan riesgos de desigualdad, habrá que considerar
la posibilidad de tener otras medias o programas específicos para afrontar
estos riesgos. Pero nunca, desde la perspectiva de que sólo con estas acciones
se alcanza la atención a la diversidad.
Si analizamos la legislación actual nos encontramos con la siguiente
contradicción: en los principios generales, en los preámbulos y en la
filosofía, se insta a que hay que hacer una escuela que atienda a la
diversidad. Pero cuando se hablan de medidas organizativas y curriculares, las
primeras se convierten en que se organicen apoyos y las segundas se concretan
en que se les adapte el currículum. Dejando olvidadas otras medias
organizativas y curriculares globales (de centro y de aula) que posibiliten
marcos productivos de educación para todos y entre todos.
La atención a la diversidad que sólo garantiza escolarización, apoyos y
adaptación, no permite ir más allá, para transformar dificultades en
posibilidades, ni a poner en juego todo el potencial de las zonas de desarrollo
próximo, de las que nos hablara Vigostky. Tan nefasto es hacer una propuesta
totalmente uniforme y para todos, como las excesivas parcializaciones y
personificaciones. Sin trenzar puentes de enlace entre unos y otros
fundamentados en el desarrollo de las competencias básicas, nada tendrán que
ver entre si los ciudadanos que se formen por una vía o por otra.
Hay que revisar profundamente toda la filosofía de la adaptación
curricular, basada en adaptar el currículum para atender a una necesidad, sino
cómo modificar el currículum general para que éste de de verdad cabida a las
necesidades y posibilidades de desarrollo a distintos niveles. Recuperar mucho
sentido común en la escuela y el currículum, como para que estos sirvan para
formar personas reales y ciudadanos auténticos. Tener una mentalidad de
trabajar para superar las dificultades de enseñanza para garantizar el buen
aprendizaje para todos, en lugar de respuestas para las necesidades derivadas
de las dificultades de aprendizaje. Y, obviamente, para qué se va a ocultar,
aquí también entrarían todas las propuestas específicas que se necesitasen
individual y colectivamente.
Haciendo una alegoría, sería como poner en el supermercado ordinario
todo tipo de productos a todo tipo de precios, y se servirán/tomarán en función
de las necesidades y posibilidades de cada cual. El que tiene menos presupuesto
no tiene que ir a una tienda aparte (como ocurría antes). Puede que vaya a que
le ayude un dependiente aparte, porque es especialista, o a otros estantes o
productos más adaptados, pero los productos están en los mismos pasillos,
claramente señalados y sólo resta garantizar que todos terminen llevándose
puestos todos los productos básicos.
4.6. Reconocer niveles de correlación
entre éxito y fracaso con situaciones de convivencia
Se da una
alta correlación entre las situaciones éxito y fracaso escolar con las
situaciones de convivencia de los centros. Por ello, la escala didáctica de
valor debe tener equilibrio entre lo curricular y académico con lo social y
cívico. Sin este equilibrio, o bien vamos al fracaso siendo felices y
llevándonos bien; o bien menospreciamos la convivencia, la participación, la
interacción… en aras de un éxito escolar, que nunca llega para quienes en pura
competencia, la vida les dice que es mejor ser malos que no ser. Así las cosas,
el primer punto para la mejora de la convivencia se llama “atención a la
diversidad y éxito escolar”.
No hay
democracia si no hay justicia y éxito escolar para todos, pero tampoco no se
puede hablar de calidad si se dejan espacios al abandono, al fracaso, a la
exclusión… Si la escuela no garantiza unos mínimos de dignidad y de competencia
para todos, flaco servicio hace a una sociedad plural democrática. Son tres
patas las del trípode: calidad, equidad en contextos de democracia y eso debe
ser así para todos, con todos y sintiéndose parte activa en un marco de
justicia y dignidad también todos. Y para ello, la escuela como lugar
privilegiado en el que coinciden todas las diversidades en un escenario
proactivo de conflicto e interrelación, es la clave para posibilitar el
desarrollo de la ciudadanía y de la promoción de diferentes zonas de desarrollo
próximo que pueden ser integradas y utilizadas “intencionalmente” con fines
educativos, o “dejando actuar el currículum oculto” con fines de competencia.
Si esta
situación no se hace con un modelo de socialización (como el que se viene
describiendo reiteradamente en los materiales Atlántida), si atendemos a la
diversidad por tal de sacar adelante en estas personas determinados
aprendizajes y no la atendemos en socialización se pierde una, por no decir
casi de las únicas oportunidades no del que tiene y sufre los problemas se
socialice, sino de que todos –como sociedad- se socialice en la realidad plural
de la sociedad en la que todos debemos ser parte activa en condiciones de
igualdad de derechos. “La escuela es un
enjambre de aprendizaje y socialización, en ningún otro lugar se convive con
tanta gente, tan diferente y que yo no he escogido”
4.7. Reflexión y sentido común profesional
Tras todos estos argumentos, parece sensato
enfocarlas con tranquilidad, sentido
común y carácter práctico. Para la atención a la diversidad, al
alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo… este sentido común es
más necesario si cabe, puesto que si tienen que alcanzar idénticas competencias
básicas, esto debe hacerse de manera pertinente, adaptada, razonable...
Sírvanos esta oportunidad para reflexionar sobre el valor de futuro de la formación que
damos, sobre el “para qué” de nuestras rutinas diarias, el uso de los libros de
texto, el hacer tantas actividades y reflexionar tan poco sobre ellas: ¿sabemos
para qué sirve lo que hacemos cada día? ¿Sabemos qué queremos que haga cada
actividad en la cabeza de nuestro alumnado? ¿Sabemos lo que hace? ¿Somos conscientes
de que el aprendizaje necesita tiempo, esfuerzo, apoyo... y si se dedica el
tiempo escolar y familiar a cosas poco productivas, cuándo se trabaja todo
ello? Y si ello es determinante con el alumnado que está en disposición
aprender, que tiene posibilidades y capacidades, y que puede llegar al
desarrollo de competencias desde aprendizajes tradicionales, ¿qué será de aquel
otro tipo de personas que no tiene estas casuísticas y circunstancias, y
necesita que se le trabajen específicamente?
5. Qué competencias para la atención a la diversidad
Parece
una obviedad, pero para no caer en la consabida rutina de buscar los tres pies
al gato y hacer especial lo que es común e integral, hay que comenzar diciendo
que si ya se han identificado cuáles deben ser las competencias básicas para
ser ciudadano en la sociedad de hoy (DeSeCo, 2004) y la norma ha tomado partido
por ocho competencias básicas (LOE, 2006) bastante comunes dentro del Espacio
Europeo, estas son las competencias a trabajar y desarrollar. Lo que está en
cuestión no son las competencias, sino los modos, los cómo, los contextos y
situaciones de aprendizaje, incluso los niveles…; así como el tener que
enfatizar unas más que otras por su nivel de transversalidad o de
vehiculizadoras de otras, o destacar en ellas determinadas cuestiones a
desarrollar específicamente, como habilidades pre-requisitas y rutinas, o
insistir más y sistematizar en cuestiones comúnmente explícitas. De este modo,
no describimos nuevas competencias, sino que desarrollamos a continuación
determinados acentos que puedan servir para orientar reflexiones más
focalizadas en personas, tipología de discapacidades o contextos concretos.
El
documento sobre Competencias Básicas de Atlántida (Bolívar y Moya, 2007), las
conceptualizaba y operativizaba. Para ello las estructuraba en subcompetencias
y descriptores que posibilitan visualizarlas más allá de la descripción formal
y nada operativa de la norma. Desde este buen primer análisis, los descriptores
serán indicadores de tareas a resolver. En un análisis más detallado de los
mismos, se pueden observar ciertas regularidades y operaciones mentales que se
repiten en muchos de ellos. Estas operaciones han de orientar gran parte de la
“enseñanza explícita” que hemos de planificar.
En este punto,
rescatamos los descriptores con indicadores a tomar en consideración de forma
explícita. Si se hace un análisis más detallado de los mismos se puede observar
que hay unas operaciones que se repiten en muchos de ellos. Luego han de
trabajarse especialmente con quienes tienen dificultad para adquirirlas por sí
solos sin que se le enseñen explícitamente y han de planificarse. Esta
operaciones no son nuevas, aparecen en todos los libros, quizás la novedad sea
que las explicitemos, las remachemos y las evaluemos como parte fundamental del
currículum. Además son a las que no suele llegar nuestro alumnado.
Operaciones
mentales presentes para desarrollar competencias básicas (Seminario Atlántida
de Granada, 2009)
|
•
Observar, analizar, buscar,
identificar, apreciar …
•
Discriminar, diferenciar,
seleccionar …
•
Verbalizar, expresar, interpretar,
hablar en público …
•
Explicar, argumentar, razonar,
defender, opinar, enjuiciar …
•
Comprender, inferir, deducir,
comparar …
•
Aplicar, utilizar, emplear,
transferir, operativizar …
•
Calcular, medir, operar, buscar
soluciones …
•
Tomar partido, tomar decisiones,
aceptar errores, tomar conciencia …
•
Ser consciente de riesgos y
consecuencias, valorar, asumir responsabilidad …
•
Participar, opinar, negociar,
dialogar …
•
Trabajar en equipo …
•
Oír, comprender lo que se oye y lee,
comunicar …
•
Buscar alternativas, tener
creatividad, dudar …
|
Estas operaciones son buenos indicadores para orientar los
procesos reflexivos profesionales (individuales y colectivos) desde los que cuestionar constantemente “para qué planteo
esta actividad”, “qué quiero que haga el alumno”, “qué hace mental-mente”, “qué
produce en su cabeza”.
En segundo término, importan los contextos en los que se trabajan las
tareas y que han de servir para ser generalizados a otros más naturales no
escolares. En este punto tal vez sería oportuno ir buscando y promoviendo
situaciones en los diferentes contextos de generalización de las competencias:
Transferencia de estos
aprendizajes a competencias aplicadas en los diferentes contextos en que se
va a desenvolver:
|
|
Casa
|
Acciones, tiempo y acciones, sentimientos,
relaciones con familiares, relación con adultos, responsabilidades, higiene …
|
Colegio
|
Relación con profesorado, relación con
compañeros/as, descripciones de acciones, sentimientos, espacio-tiempo,
rutinas, teatro y actividades extraescolares, actividades complementarias,
comedor, recreos, salidas del centro, talleres…
|
Entorno
|
Direcciones, relaciones con vecinos, sentimientos,
conocimiento de recursos …
|
Compras
|
Tienda, mercadillos, supermercados, precios,
necesidades, caprichos …
|
Transportes
|
Autobús, taxis, orientación, itinerarios,
localización …
|
Médicos
|
Citas, horarios, reconocer centros médicos y
farmacias, recoger medicamentos
|
Ocio
|
Cine, relación con iguales, actividades deportivas
y de ocio, afectivo-sexual …
|
Trabajo
|
Horarios, cumplimiento de órdenes, atención,
concentración, compromiso con el resultado de la tarea, autocontrol …
|
Relaciones afectivo-sexuales
|
Relaciones de amistad, cómo mostrar sentimientos,
educación sexual
|
Yadarola
(2010), refiriéndose a la formación permanente de las personas con síndrome de
Down, plantea unos objetivos en los siguientes ámbitos de actuación: progreso y
realización personal, desempeño profesional, comunicación y expresión,
relaciones sociales, conciencia cívica, recreativas y deportivas; tecnologías y
artísticas. Sin duda, son referentes de competencia que deberían ir
adelantándose en la educación obligatoria.
De todas las competencias básicas y aprendizajes imprescindibles, dos elementos
vienen a destacar sobremanera: razonamiento y lenguaje. Es muy
importante generalizar la comunicación y el uso del lenguaje, extraer reglas de
estrategias y rutinas de acción, interrelacionar, transferir, verbalizar
procesos e implicaciones… Otra pieza es el trabajo implícito del código
lingüístico (restringido y elaborado). Es clave para el éxito escolar, social y
laboral, y hay que trabajarlo mediante procesos de interacción, verbalización,
corrección, ampliación de mensajes y contextos… Si no se hace esto, se le
hurtan muchas posibilidades de desarrollo. Para el éxito en la primaria casi
vale el adiestramiento, pero se le siembra el fracaso posterior en secundaria
si no se le ha trabajado bien el código elaborado. Se pierde todo el sentido
del discurso, de las frases…
Seguidamente,
uniendo en cierto modo las competencias de autonomía e iniciativa personal y la
de aprender a aprender, se hace especialmente relevante trabajar
la Metacompetencia “Conocimiento acerca del propio conocimiento”. Saber algo
también significa saber qué se sabe y dónde están los límites y las
dificultades. El conocimiento real del propio conocimiento ayudará a tener un
mejor desempeño en la resolución de conflictos, a dominar procesos de
resolución de tareas difíciles, a buscar y elegir los caminos
adecuados, a encontrar la información necesaria. Y estos colectivos, por la
violencia estructural y vivir cotidianamente las situaciones de dependencia y
fracaso, lo que si tienen claro es que ellos no saben, no pueden y no saben lo
que saben.
6. Propuestas de por dónde debería ir la intervención
El
término competencias básicas es
un constructo que ha adquirido especial relevancia en estos últimos años. Desde
su aparición en la norma (LOE, 2006), los centros se han visto acelerados hacia
un campo en lo cotidiano tan inexplorado y desconocido como necesario y obvio.
Las rutinas de aprendizaje y enseñanza, muchas veces nublan el verdadero
sentido del aprendizaje: ser, a un tiempo, útil para afrontar diversas
situaciones y herramienta para poder seguir aprendiendo a lo largo de la vida.
Mientras tanto sólo cabe instar a la reflexión que cada profesional,
familia y comunidad educativa debe asumir. Para ello proponemos dos estrategias
-ya utilizadas y presentadas en los materiales Atlántida sobre competencias
básicas (VV.AA., 2009)- que pueden ayudar a comprender y algunas otras
reflexiones que ya van asentándose por el camino.
En un primer momento pudiese convenir realizar unos preliminares
análisis tareas. Caminan en la idea de deconstruir las prácticas y analizar
sus consecuencias, para desaprender ciertos recorridos y rutinas y promover
futuros mejores (Culham y Nind, 2003). En nuestras prácticas de asesoría sobre
competencias nos fue especialmente relevante realizar cascadas de análisis que
se documentaron en otro momento (Seminario Atlántida de Granada, en VV.AA.,
2009). Nos referimos al análisis “qué han hecho hoy en clase”, seguido de
“análisis de las tareas” y actividades propuestas y de indagar sobre los
procesos de resolución que han realizado “haciendo preguntas de proceso”.
Posiblemente con ello se obtenga una imagen clara de qué currículum real se
trabaja y cuan distante está de desarrollar competencias.
Llegados a la toma de conciencia, y antes de tomar partido, también la
estrategia de los seis sombreros (De Bono, 1993), puede ayudar a que cada cual
busque y analice impactos, dudas, fortalezas…. Con todos ellos se habrá
facilitado el debate y la emergencia de perspectivas y propuestas, al tiempo
que se describe de manera ágil una buena panorámica para comprender en toda su
extensión la situación.
1er sombrero:
|
Una mirada objetiva a los datos y a la información
(tanto documentales, de otras experiencias y, fundamentalmente, de la propia
práctica (valdrían obviamente las propuestas anteriores). “Los hechos son los
hechos”.
|
2º sombrero:
|
Significa la crítica, lógica negativa, juicio y
prudencia. El porqué algo puede ir mal. Sería recoger las negativas, dudas y
riesgos, como avisos a navegantes
|
3er sombrero:
|
La oportunidad para expresar nuevos conceptos,
ideas, posibilidades, percepciones y usar el pensamiento creativo. Sería una
fase de sueño
|
4º sombrero:
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Legitima los sentimientos, presentimientos y la
intuición, sin necesidad de justificarse.
|
5º sombrero:
|
Simboliza el optimismo, lógica positiva, factibilidad
y beneficios.
|
6º sombrero:
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Control y gestión
del proceso del pensamiento. Liderazgo pedagógico, asesoría colaborativa,
evaluación de resultados
|
Una
vez descritas las situaciones es el momento de la acción. Para ello los
ejemplos de tareas, de currículum integrado, de metodologías y buenas
prácticas… (VV.AA., 2009) pueden abrir la caja de pandora y estimular a la
prueba, a la acción. Primeramente de manera puntual y concreta, para
posteriormente ir ganando en complejidad y generalización, hasta experimentar
acciones de integración de los tres contextos formal, no formal e informal. En
otro momento (Domingo y Barrero, 2010) incidíamos en la importancia de la
metodología y la evaluación como verdaderos vehiculizadores de las
competencias, más allá de las programaciones, los objetivos y las intenciones. Y
se proponían tareas globalizadoras a distinto nivel para su desarrollo: 1) introducir
tareas complejas de la vida cotidiana
en clase que tengan que movilizar diversos tipos de estrategias y aprendizajes
a modo de “proyectos de trabajo”; 2)
tareas interdisciplinares con la participación de varias áreas y 3) tareas de tutoría y casa.Y en todas
ellas se entremezclan contenidos y habilidades genéricas movilizadas de otras
situaciones y, normalmente, automatizables (aunque esto es difícil para los
estudiantes con discapacidades), las habilidades específicas que están directamente
relacionas con la tarea y otras meta-habilidades, que permitirán los procesos
mentales asociados a la compentencia.
Una línea
tan inexplorada en los centros como productiva es avanzar en evaluación de
competencias. En este punto, existe bastante bibliografía
que podría ayudar (Gerard, 2005; Larrauri, 2005; Scallon, 2004). La utilización
de listados consensuados y secuenciados de aprendizajes básicos en tablas de
doble entrada, ayuda también en varios sentidos: 1) organizar, secuenciar y
racionalizar los contenidos; 2) tener visualizada la clase y lo que se debe
trabajar y 3) conocer el progreso individual. Lo que se podría completar
también después con secuencias de tareas por niveles de complejidad y ámbitos
de actuación, que respondiesen a indicadores de nivel de logro de las
competencias.
Algunas
herramientas útiles tanto para la programación de tareas como para realizar el
seguimiento del logro de competencias podrían ser las siguientes:
- Tablas graduadas de doble entrada
de aprendizajes imprescindibles (herramientas, conceptos y habilidades);
- Tablas graduadas de doble entrada
por competencias básicas y sub-elementos de la misma;
- Carpetas de aprendizaje, a modo
de porfolio en el que se recojan muestras y ejemplos del progreso en el
logro de competencias y en la realización de diferentes tipos de tareas.
- Registros de observación
sistemática por procesos mentales y elementos presentes en diversas tareas
y competencias.
- Agendas de compromiso y acción,
como las promovidas desde CEAPA, Atlántida o zonas educativas y centros
educativos que orienten hacia las competencias…
A modo
de concreción, las actuaciones sobre las ha de pivotar nuestra intervención
para hacer posible la adquisición de competencias por todos pueden ser:
·
Reflexión colectiva del profesorado sobre el
para qué de las tareas cotidianas, en la línea de lo indicado anteriormente.
Toma de conciencia de la eficacia, en todos y cada uno de los alumnos y
alumnas. Predisposición, colectiva e individual para avanzar y mejorar.
·
Establecer, a nivel general de centro, el
currículum deseable y el currículum básico.
·
Hacer registros grupales de la adquisición de
los aprendizajes básicos. Registro individual de los mismos, como elemento de
coordinación y concreción del currículum en alumnado con NEAE.
·
Asumir, a nivel de centro e individualmente,
compromisos organizativos y metodológicos que propicien la adquisición de
competencias por todo el alumnado: revisión del uso de libros de texto,
explicitación de procesos, incorporación de tareas y proyectos, organización
flexible y abierta de clases, grupos y profesorado… (Fernández, 2009).
·
Intervención del profesorado de apoyo en el
diseño de tareas y proyectos de grupo-clase, tener en cuenta, en su diseño, la
participación colaborativa de este alumnado.
·
Revisión de la conceptualización, procesos y
técnicas de evaluación. Potenciar, en todo el alumnado, la evaluación frente a
la calificación. Evaluar explícitamente procesos y más aplicación que
conceptualización.
·
Trabajo explícito y específico, con el
alumnado con NEAE, de:
-
lenguaje oral, estructuración del código
lingüístico elaborado (Bernstein, 85; Fernández y Peñafiel, 2000 )
-
la automatización de los procesos lectores y
escribanos, acentuar el carácter comunicativo de ellos;
-
explicitación máxima de procesos, uso de
técnicas de modelado;
-
entrenamiento en los prerrequisitos necesarios
para su trabajo colaborativo en las tareas/proyectos de aula y de centro;
-
utilización de metodología que minimice o
elimine las apoyo-dependencias;
-
planificación de tareas para generalización y
transferencias de aprendizajes a los contextos ordinarios del alumnado,
implicación colaborativa de familias.
Para
terminar, destacar que para actuar con sentido, no sólo hace falta técnica,
conocimiento y conciencia, también hace falta una buena dosis de humildad, para
asumir que los otros tienen mucho que decir, aunque sea una persona o un
colectivo con discapacidad o en riesgo de exclusión. Ellos saben de sus
posibilidades, esfuerzos, logros, necesidades y su voz es fundamental para
comprender qué pasa y cómo se puede reorientar las situaciones para hacerlas
justas y productivas en términos de competencias, dignidad y ciudadanía. A ello
nos alientan los trabajos de Messiou (2006), Gerber (en
Barton, 2008), Tourine (2005) o colectivos como el Foro de Vida Independiente
(Nóvoa, 2006) o de otros movimientos asociativos y reivindicativos (Morales,
2006). Sin duda, ofrecen otra panorámica bien distinta a la que pensamos
ilustrada y externamente, que puede servir de contrapunto para racionalizar las
cosas, retornar al sentido común y a la verdadera utilidad, pero no es para
asumirlas sin más, sino para tomarlas en consideración para hacer las propuestas
organizativas y curriculares más inclusoras y pertinentes.
Referencias bibliográficas
Ainscow, M. (2001). Desarrollo de escuelas inclusivas. Ideas,
propuestas y experiencias para mejorar las instituciones escolares. Madrid:
Narcea.
Ainscow, M. (2005). El próximo gran
reto: la Mirada de la escuela efectiva. Actas del International Congress on School
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