viernes, 12 de abril de 2013

CALIDAD DOCENTE Y CALIDAD EDUCATIVA


CALIDAD DOCENTE Y CALIDAD EDUCATIVA.
Profesor Gabriel de Pujadas H.
Enero, 2013

Quizá uno de los problemas más serios que tiene la educación hoy día, es la calidad profesional de aquellos que trabajan directamente con un universo de estudiantes cada vez más numeroso y diversos en sus modalidades culturales y socio económicas.
Estas deficiencias, muchas veces denunciadas con fuerza por los padres de familia y autoridades educacionales, pueden tener raíces profundas no solo en los orígenes de trato y valoración hacia los profesionales de las educación, sino en las formas como éstos han sido formados y como ellos continúan sus procesos de capacitación o perfeccionamiento docente.
Se reconoce, en primer lugar, que la falta de estímulos de superación son bajos y escasos para estos profesionales. Escaso sueldo, altas jornadas de trabajo, estudiantes poco dotados por razones diversas, aislamiento geográfico, fallas en las fuentes de acceso a la capacitación y materiales didácticos, falta de apoyo técnico en sus tareas cotidianas, especialmente las llevadas a cabo en el aula, deterioro del trabajo en equipo, clima organizacional no democrático y poco estimulante para la creatividad y la innnovación, exigencias normativas centrales que no permiten flexibilidad curricular, etc. Más largo podría ser este listado si así nos propusiésemos, pero no es el caso en esta ocasión.
Se reconoce, en segundo lugar, que existen fallas notables en la formación de las nuevas generaciones de profesores (maestros, educadores, etc.). Carencias que surgen, básicamente a mi juicio, de un enfoque errado de lo que debe ser un educador. Cuando un futuro profesor se está formando en la Universidad y/o en las Escuelas Normales, éstas han suplido la formación
didáctica, es decir, la capacidad y arte de enseñar, por la capacidad de producir nuevos aprendizajes intelectuales.
Todos los esfuerzos, actuando quizá como caballos con enteojeras, se dirigen a producir más aprendizajes, que muchas veces son poco pertinentes y significativos para aquellos que son “receptores” de los vanos intentos que hacen los profesores para que sus alumnos/as aprendan “lecto-escritura” y “cálculo”, como ejes centrales del aprendizaje. Todo se encamina hacia ello: las pruebas nacionales e internacionales (que no nos dicen nada de cómo enfrentar los bajos resultados obtenidos), las pruebas de evaluación de los profesores (que tampoco dicen mucho), el diseño curricular centralizado, la desvaloración de otros conocimientos (de naturaleza no intelectual), las medidas financieras que surgen de dichas mediciones, las imágenes de los centros educativos en las comunidades que los circunda, etc. Todo se focaliza hacia este esfuerzo donde participan organismos nacionales e internacionales, sin que exista, efectivamente, una evaluacuión de las evaluaciones que se están llevando a cabo.
Los educadores poco o nada han dicho, quizá porque no tienen que decir o sencillamente porque no participan del poder político de turno. Y aquellas agrupaciones de maestros que son poderosas, están más preocupadas de sus rencillas de poder que de elaborar “un discurso pedagógico” mediante el cual los profesores puedan decir lo que piensan y sienten sobre su tarea educativa. En otras palabras, es necesario asumir nuevos enfoques.
La propuesta que nos surge es que el eje de la discusión y acción educativa es preciso cambiarlo desde el aprendizaje (con el actual predominio de las ciencias de la educación) a la didáctica o arte de enseñar, con un claro predominio de lo teórico-práctico, salvando así la carencia de las antiguas escuelas normales que eran muy prácticas, pero no tenían fundamentos teóricos y la inclinación actual de las universidades, con su inclinación a la valoración de lo teórico y poca importancia de lo práctico de la enseñanza. Un nuevo equilibrio debe surgir de estas dos fuentes que no pueden continuar por caminos separados.
Este nuevo equilibrio nos permitiría ayudar a cambiar la calidad docente y con ello la calidad educativa, partiendo del supuesto que el motor central del sistema educativo son los profesores, insertos en los distintos cargos de la administración del sistema y de los centros educativos. Una política educativa que no comprenda que la educación es tarea de enseñanza de nuevos métodos y de utilización de recursos mentales, sicosociales y tecnológicos que nos proveen de la información, más que una tarea de aprendizajes de contenidos por parte de los estudiantes (por lo demás, impuestos como corazas medievales), es una política educacional condenada a un nuevo fracaso, tal como se observa en las actuales reformas educativas de nuestros países.
Al profesor le compete, en primer lugar, desempeñar una eficiente, eficaz, relevante y pertinente enseñanza de acuerdo a las características de sus estudiantes, para que desde ahí surjan los aprendizajes que son necesarios para que éste se pueda desenvolver adecuadamente en su vida social, familiar y laboral del futuro que le competerá vivir.
Esta tarea, dicha fácilmente en el papel, es una ardua y larga tarea de modificación en la formación y capacitación de los profesores. En ella será posible encontrarse con intereses creados de grupos de poder, estancamiento y momificación de las estructuras sindicales o gremiales, profesores/as desencantados, un sistema burocrático lento y perezoso, unos empresarios de la educación que solo quieren lucrar con la misma olvidando su finalidad de bien común y servicio a los más pobres, etc. Muchos obstáculos que seguramente no tendremos, como generación, verlos desaparecer, ya que ellos están enraizados en la propia naturaleza humana representada fielmente por el sistema educacional y sus actores concurrente.

LAS COMPETENCIAS BÁSICAS DEL CURRÍCULUM Y LA ATENCIÓN A LA DIVERSIDAD


LAS COMPETENCIAS BÁSICAS DEL CURRÍCULUM Y LA ATENCIÓN A LA DIVERSIDAD
Jesús Domingo Segovia y Juan de Dios Fernández Gálvez
Universidad de Granada

1.      Reflexiones previas. A vuelta con las competencias básicas
Vivimos en contextos cada vez más multiculturales y plurales y es cada vez más evidente que los tejidos social y educativo están marcados por una heterogeneidad estructural creciente. Según esto, el mayor desafío de nuestra sociedad está en aprender a vivir en un mundo de interconexión entre gente diversa. En este marco de complejidad creciente son evidentes, de una parte, nuevas posibilidades de crecer y ser, si somos capaces de encontrar respuestas creativas y justas, entre las diversas maneras de percibir, comunicarnos y vivir. Pero también se da el riesgo de acrecentar la fractura social y educativa entre la población integrada y la perteneciente a bolsas de dependencia o que vive en zonas de exclusión, vulnerabilidad y olvido.
Para comprender el mundo de hoy, es preciso ubicarse en un nuevo paradigma cultural (Touraine, 2005). La clave está en cómo hacer frente a esta nueva situación reflexionando sobre esta pluralidad y diversidad sin caer en el diferencialismo ni el universalismo y cómo hacer para que esta neutralidad y tolerancia no se convierta en un irresponsable laissez fair o cómodo asistencialismo.
El imparable proceso de democratización y diversificación de la sociedad, reclama la emergencia de planteamientos mucho más inclusores (Ainscow, 2001), de presencia y participación activa. Empiezan a manifestarse algunos planteamientos críticos que requieren nuevos marcos comunes, en los que la diferencia no implique desigualdad, y se camine dentro de parámetros de interculturalidad construidos sobre mínimos comunes imprescindibles para todos como marco común de una nueva ciudadanía (Bolívar, 2008). A lo que hay que sumar la pérdida de la ingenuidad, puesto que “una ciudadanía devaluada puede perder la capacidad de unirnos unos a otros” (García, 2007, 250).
Vivimos en una sociedad plural y democrática y damos por supuesto el carácter democrático de la educación, la inclusión y la interculturalidad; pero ésas son obviedades que necesitan ser revisadas. En el momento actual llegamos a la plena escolarización, luego el reto de la educación pública debe situarse en el reconocimiento de esta pluralidad y sus circunstancias, para dar un paso más y pasar del “estar o vivir junto a”, a “convivir e interactuar con” para “armar la sociedad” de todos y para todos. Tal vez, de lo que se está hablando es de reorganizar todo hacia parámetros más plurales y justos, evitando tanto el sesgo cultural como el academicista en la educación y ofreciendo un marco (social, curricular e institucional) alternativo, amplio e inclusor (Barton, 1998, 2008; Karsz, 2004; Ainscow, 2001).
Se demandan respuestas nuevas y creativas y la escuela debe tomar opción por una educación de calidad, inclusión, equidad e interculturalidad, que apuesta por un determinado tipo de ciudadanos y de sociedad del mañana, más justa y equitativa a la par que plural y con una sólida y digna base común que haga de núcleo aglutinador de la sociedad más allá del territorio o la economía.
El concepto de ciudadanía incluye la idea de ser y formar parte activa, más allá de la presencia o la tolerancia y supone acciones específicas para desterrar la posibilidad de ningún tipo de exclusión. Abarca cuestiones relativas a los derechos y las obligaciones, pero también ideas de igualdad, diversidad y justicia social; así como a unas competencias para actuar y en un espacio público en el que las personas pueden actuar juntas (O’Shea, 2003)
Para ello es preciso educar a la ciudadanía (Bolívar, 2008; Escudero y Flecha, 2005) en un marco de educación pública de calidad (Domingo, 2003), que posibilite el aprendizaje experiencial con otros de la ciudadanía (González, 2008) y promueva lazos, interrelaciones y un cuerpo común de aprendizajes básicos imprescindibles para todos (Col, 2006). Estos elementos son los que componen las bases de un currículum intercultural o democrático (Guarro, 2002), junto con las vivencias y dinámicas cotidianas para practicar y aprender haciendo ciudadanía en el seno de la sociedad y de la institución educativa (tanto sea formal, informal o no formal).
Desde que la OCDE (1995) comienza a promover la sociedad del conocimiento, va emergiendo la idea de buscar una educación para todos que satisfaga las necesidades básicas de aprendizaje para todos. Y, con ello, comienza todo un proceso que va retomando y reconceptualizado el constructo “competencias básicas”, hasta concluir en la propuesta común del espacio europeo. Los trabajos de Rychen y Salganik (2004 y 2006), para definir y seleccionar competencias fundamentales para la vida (DeSeCo), la revisión comparada que coordinan Luengo, Luzón y Torres (2008) sobre las reformas educativas basadas en el enfoque por competencias o el trabajo de acercamiento a la escuela propuesto por Bolívar y Moya (2007), sobre su implicación en la cultura imprescindible de la ciudadanía y sus abordajes educativos son esenciales para entenderlas.
Como se sintetizaba en otro momento (Domingo y Barrero, 2010), Las competencias clave o básicas (fundamentales) necesitan necesariamente del logro de los aprendizajes indispensables y con ellas se garantiza a todos estos aprendizajes. Así, son las herramientas necesarias que un individuo necesita para poder aprender a lo largo de toda la vida. Capacitan al individuo para que utilice todo su saber, sus habilidades y sus recursos personales, sociales y contextuales para desenvolverse cotidianamente en la sociedad donde vive. Suponen una puesta en valor de la utilidad de los aprendizajes para la resolución de problemas reales más allá de los puramente académicos. Por lo que se buscan nuevos encajes entre los que son competencias y cómo construirlas, desarrollarlas y evaluarlas en el ámbito educativo (Bolívar y Moya, 2007; Rey y otros, 2003; Perrenoud, 1999).
En este marco, había que redefinir un zócalo común de aprendizajes fundamentales y de competencias básicas que aseguraran un espacio común para ser, participar y convivir con posibilidades de éxito, inclusión y dignidad en la sociedad, más allá de las diferencias legítimas en una sociedad plural y democrática. Como define el prólogo del documento sobre “Socle commun” francés (MEN, 2005) se afirma que esta sobre “base común” se asienta la ciudadanía intercultural y la sociedad, y debe ser el principal instrumento en el que asegurar el desarrollo de competencias básicas para la educación y el aprendizaje a lo largo de toda la vida y pilar desde el que construir la educación intercultural de la ciudadanía.
Y aunque conciernen a todas las áreas de currículum, no son transversales (Rey, 1996), sino que son el nuevo núcleo duro, el pilar sobre el que gira la nueva educación básica. Y se desarrollan prioritariamente situaciones de integración (Roegiers, 2007) o de currículum integrado. El concepto de competencia es así un pilar del desarrollo curricular y una fuerza motriz para el proceso de cambio, pues es una apuesta destacada por un aprendizaje racional (Braslavsky, 2004).
Se trata de un esfuerzo por compatibilizar un núcleo común (aprendizajes imprescindibles, competencias básicas de ciudadanía y unos valores sustentados en una ética cívica) con el reconocimiento de las diferencias tolerables, sin hipotecar el futuro. Esto implica, siguiendo a Pérez Gómez (2007) otra forma de ver y afrontar el currículum escolar, sin bajar el nivel ni desechar contenidos y una nueva oportunidad para repensar y recuperar, desde nuevos enfoques, viejas buenas prácticas. Así las cosas, su puesta en práctica lleva implícita tres consecuencias:
1)      diferenciar el currículum básico “imprescindible” del “deseable”; para hacerlo más racional, tener criterio de acción y saber seleccionar para atender a la diversidad;
2)      apostar por una metodología focalizada en el aprendizaje y el reconocimiento de la utilidad del desempeño de tareas globalizadoras interdisciplinares en clase; y
3)      desligarse de una extendida idea de que la clave está en la programación por competencias, para aferrarse a procesos de reflexión y trabajo, para conquistar el sentido (Fullan, 2007) buscando en las “buenas prácticas docentes”, referentes y situaciones que sirvan para aproximarse al desarrollo de estas competencias.
La definición de los conocimientos fundamentales no implica en absoluto que haya que conformarse en la educación básica y obligatoria con estos conocimientos. Se ha de partir de la lógica del máximo aprendizaje, pero garantizando para todos esta base común (Bolívar, 2008). La primera parte de la propuesta es obvia y coincidente con la cultura profesional imperante, pero precisamente es la segunda dimensión la que nos reta más abiertamente. ¿Cómo garantizar los aprendizajes imprescindibles y las competencias básicas en un abanico de diversidades tan amplio? Especialmente en aquellos que tienen discapacidad o están en situación de riesgo de exclusión, fracaso, dependencia más allá de la imprescindible… ¿Hasta qué nivel de logro? ¿En qué condiciones?...
Los desarrollos normativos centrales y autonómicas que la desarrollan reparan en ello e instan al necesario cambio organizativo, curricular y profesional para hacer efectiva dicha propuesta. Se han dado pasos decisivos, tanto desde la propias Administraciones Educativas, como por centros y colectivos -como el nuestro, ver http://www.proyectoatlantida.net -, que están empezando a dibujar unos primeros nortes sobre el sentido y la práctica del trabajo de estas competencias básicas en el currículum. Pero el tema que nos ocupa necesita de un nuevo abordaje, distante de las propuestas de las reformas de la diversidad que se sustente en las buenas prácticas de atención a la diversidad, que han ido virando su orientación desde la integración a la inclusión desde una perspectiva de buena educación para todos (Armstrong y otros, 2009), desterapeutizando la escuela y la educación.
La cuestión es compleja y está cargada ya de avisos a navegantes. No valen respuestas técnicas ni descontextualizadas, y más que una propuesta cerrada son procesos y líneas gruesas para avanzar en el desarrollo de estas competencias básicas para todos; por lo que necesita mucho sentido común profesional y en las prácticas de apoyo (Domingo y Fernández, 2009).